¿Puede llenarse un espacio vacío con objetos inanimados y representaciones sensoriales? Puede la usencia ser omitida con presencias que provienen de nuestros conceptos, de la reflexividad a partir de la cual nos proyectamos en las cosas, los sonidos y las formas?
¿Qué necesitamos para ser felices? Una vida contemplativa y plena del disfrute de las pequeñas maravillosas cosas que nos rodean, o de los arrebatos de pasión que nos llevan a encontrarnos y satisfacernos con un ser que comparte nuestra carne, objeto de nuestro deseo, reflejo de lo que somos o querríamos ser, imagen que identificamos con una belleza que puede ser parte de nosotros de una forma por completo física y espiritual, y no simplemente rodearnos o participar de nuestra experiencia hacia afuera o hacia adentro.
Pueden los objetos, las esencias, los sabores, las formas y los contenidos a los que accedemos por nuestros sentidos darnos la plenitud necesaria para alcanzar la felicidad, esa armonía pasiva y equilibrada a partir de la cual algunos espíritus evolucionados logran crear su propio paraíso, ajeno a las pasiones mas cercanas a nuestras vísceras? Quizás sea una cuestión de circunstancias, o de qué se presente en tu camino y qué no, quizás tenga que ver con una predisposición personal, o con las experiencias vividas…. O tan sólo sea un estado temporal, un escudo de la actividad consciente para evitar penetrar en los terrenos más escabrosos de la mente.
El señor Friedemann eligió el camino dulce y tranquilo de la reflexión y la contemplación, de las experiencias sensoriales más delicadas y puras. Y era feliz, o al menos así lo sentía en la serenidad de su cotidianeidad. Hasta que una nueva imagen irrumpió en su mundo. Un destello de luz que no se comparaba a nada que hubiera visto antes, una representación de belleza distinta, atractiva y agresiva. Una idea desestructurante en carne y hueso. Una presencia que significaba la posibilidad de omitir todas las ausencias. Donde se proyectaba la posibilidad de refugiar la carne y el alma. Después de todo, el ser humano busca calor, el calor profundo que llena de placer y que hace sentir a un hombre como en el vientre materno. Sin ese calor, el peligro del frío absoluto de cierne como una amenaza difícil de enfrentar consciente y más aún inconscientemente. Por fuera encontramos excusas y escudos para tapar ese invierno, por dentro nos aterra su posible llegada. Encontrarnos de frente con la imagen de ese calor puede desesperar a un hombre hasta la médula si ha sentido profundamente su falta. Es así como le ocurrió al señor Friedemann, que fue arrojado al vacío, rechazado, en su patética e ínfima figura, y sucumbió a un insondable y eterno frío por un calor abrazador que no le pertenecía ni le quería pertenecer.
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