domingo, julio 12, 2009

Katsuhiro Otomo: Akira









Let the universe expand through you.

Un niño, una moto, una multitud, un edificio, un juguete,
un videojuego, una jeringa, un arma, un tanque, un ídolo,
un satélite, un planeta, una molécula, una partícula de luz.

Nuestra vida es tan intrascendente e insignificante en su estructura y materialidad que olvidamos contemplar el universo que nos rodea y nos atraviesa. Ese todo del cual somos parte, del cual conformamos un grupo de cuantos edificados de una determinada forma, pero que en cualquier momento puede deshacerse y volver a formar parte del infinito o de la nada que en este caso vendría a ser todo. ¿Si todo se transforma en algún momento dado, podemos transformarnos a voluntad? ¿Podemos tomar esa energía que nos conforma y nos rodea, manipularla, dejar que se expanda dentro de nuestro cuerpo, ser uno con el universo total y conscientemente, abarcar el infinito dentro de un cuerpo finito?. Este es el poder que se desarrolla en uno de los personajes de la película, y es un aspecto de la simbología de esta obra maestra. Niños que son ancianos porque han superado lo trascendente y forman parte de un juego de fuerzas superior, un nivel donde la clave es la energía, más allá de los signos del tiempo que se manifiestan físicamente, niños que se han vuelto ancianos quizás porque han padecido sensaciones que están en lo más profundo de la materia de la que estamos hechos.
El ser humano anhela el poder, pero es tan débil y aún no ha evolucionado lo suficiente para saber lo que significa, ya sea en la realidad más cotidiana de una sociedad donde conviven las ambiciones, la fe, los intereses políticos y la miseria humana, o en el nivel de una realidad física superior. El poder en sí, ya sea para manipular masas enardecidas, para guiar fieles desesperados por una respuesta que los libere del caos, o para controlar la energía del universo, es un terreno en el cual el hombre siempre de una forma u otra se pierde, se corrompe y destruye todo a su alrededor, o al menos aquellas cosas que más ama y a sí mismo.

Thomas Mann: Little Herr Friedemann


¿Puede llenarse un espacio vacío con objetos inanimados y representaciones sensoriales? Puede la usencia ser omitida con presencias que provienen de nuestros conceptos, de la reflexividad a partir de la cual nos proyectamos en las cosas, los sonidos y las formas?

¿Qué necesitamos para ser felices? Una vida contemplativa y plena del disfrute de las pequeñas maravillosas cosas que nos rodean, o de los arrebatos de pasión que nos llevan a encontrarnos y satisfacernos con un ser que comparte nuestra carne, objeto de nuestro deseo, reflejo de lo que somos o querríamos ser, imagen que identificamos con una belleza que puede ser parte de nosotros de una forma por completo física y espiritual, y no simplemente rodearnos o participar de nuestra experiencia hacia afuera o hacia adentro.

Pueden los objetos, las esencias, los sabores, las formas y los contenidos a los que accedemos por nuestros sentidos darnos la plenitud necesaria para alcanzar la felicidad, esa armonía pasiva y equilibrada a partir de la cual algunos espíritus evolucionados logran crear su propio paraíso, ajeno a las pasiones mas cercanas a nuestras vísceras? Quizás sea una cuestión de circunstancias, o de qué se presente en tu camino y qué no, quizás tenga que ver con una predisposición personal, o con las experiencias vividas…. O tan sólo sea un estado temporal, un escudo de la actividad consciente para evitar penetrar en los terrenos más escabrosos de la mente.

El señor Friedemann eligió el camino dulce y tranquilo de la reflexión y la contemplación, de las experiencias sensoriales más delicadas y puras. Y era feliz, o al menos así lo sentía en la serenidad de su cotidianeidad. Hasta que una nueva imagen irrumpió en su mundo. Un destello de luz que no se comparaba a nada que hubiera visto antes, una representación de belleza distinta, atractiva y agresiva. Una idea desestructurante en carne y hueso. Una presencia que significaba la posibilidad de omitir todas las ausencias. Donde se proyectaba la posibilidad de refugiar la carne y el alma. Después de todo, el ser humano busca calor, el calor profundo que llena de placer y que hace sentir a un hombre como en el vientre materno. Sin ese calor, el peligro del frío absoluto de cierne como una amenaza difícil de enfrentar consciente y más aún inconscientemente. Por fuera encontramos excusas y escudos para tapar ese invierno, por dentro nos aterra su posible llegada. Encontrarnos de frente con la imagen de ese calor puede desesperar a un hombre hasta la médula si ha sentido profundamente su falta. Es así como le ocurrió al señor Friedemann, que fue arrojado al vacío, rechazado, en su patética e ínfima figura, y sucumbió a un insondable y eterno frío por un calor abrazador que no le pertenecía ni le quería pertenecer.