

Let the universe expand through you.
Un niño, una moto, una multitud, un edificio, un juguete,
un videojuego, una jeringa, un arma, un tanque, un ídolo,
un satélite, un planeta, una molécula, una partícula de luz.
Nuestra vida es tan intrascendente e insignificante en su estructura y materialidad que olvidamos contemplar el universo que nos rodea y nos atraviesa. Ese todo del cual somos parte, del cual conformamos un grupo de cuantos edificados de una determinada forma, pero que en cualquier momento puede deshacerse y volver a formar parte del infinito o de la nada que en este caso vendría a ser todo. ¿Si todo se transforma en algún momento dado, podemos transformarnos a voluntad? ¿Podemos tomar esa energía que nos conforma y nos rodea, manipularla, dejar que se expanda dentro de nuestro cuerpo, ser uno con el universo total y conscientemente, abarcar el infinito dentro de un cuerpo finito?. Este es el poder que se desarrolla en uno de los personajes de la película, y es un aspecto de la simbología de esta obra maestra. Niños que son ancianos porque han superado lo trascendente y forman parte de un juego de fuerzas superior, un nivel donde la clave es la energía, más allá de los signos del tiempo que se manifiestan físicamente, niños que se han vuelto ancianos quizás porque han padecido sensaciones que están en lo más profundo de la materia de la que estamos hechos.
El ser humano anhela el poder, pero es tan débil y aún no ha evolucionado lo suficiente para saber lo que significa, ya sea en la realidad más cotidiana de una sociedad donde conviven las ambiciones, la fe, los intereses políticos y la miseria humana, o en el nivel de una realidad física superior. El poder en sí, ya sea para manipular masas enardecidas, para guiar fieles desesperados por una respuesta que los libere del caos, o para controlar la energía del universo, es un terreno en el cual el hombre siempre de una forma u otra se pierde, se corrompe y destruye todo a su alrededor, o al menos aquellas cosas que más ama y a sí mismo.
